La educación en tiempos de cambio

Por Alejandro Mintz@alejandromintz

Falta de trabajo, dificultades económicas, chicos que van al colegio para comer y no para estudiar, condiciones edilicias paupérrimas y sin mantenimiento, quitas de presupuestos y salarios docentes menguados. Pareciera ser que estamos hablando del año 2000, pero no: esto es lo que está pasando hoy en el conurbano. Ahí nomás del centro porteño, a no menos de 30 km, los chicos volvieron a tener hambre. El domingo, los compañeros de La Simón Lanús estuvimos juntando fondos mediante una radio abierta, una rifa y venta de comida a precios populares. Nuestro objetivo fue ayudar a los chicos de la Escuela Pública Secundaria N°27, a comprar comida y un ventilador. Nos encontramos con un escenario funesto: necesidades básicas insatisfechas y graves falencias estructurales que no se llegaron a resolver y que reflotan en un modelo económico exclusivo y expulsivo como el actual.


Las reflexiones son varias y nos llevan a pensar ¿Qué tipo de educación queremos? Un salto de calidad en el nivel educativo y el crecimiento de la equidad social requieren dedicarle especial atención a la educación pública. Ya se ha constatado que los colegios a los cuales asisten los chicos más pudientes difieren sustancialmente a los que asisten los de menores recursos, con claras diferencias cualitativas y cuantitativas: infraestructura, equipamiento, accesibilidad, materiales pedagógicos, docentes y problemáticas familiares, entre otros. Todo esto influye de manera positiva o negativa en el desarrollo del individuo y, claramente, designa futuros desiguales para las distintas clases sociales ¿Debemos reproducir una educación clasista, en la cual unos pocos privilegiados tienen la posibilidad del ascenso social? ¿O tendríamos que empezar a pensar otro tipo de educación? Una más popular, que se atenga a las necesidades de los más vulnerables, incentivando a resolver las problemáticas locales y alentando la superación social. Una educación que posibilite las mismas oportunidades para todos; una educación de la que nadie quede afuera.

Tenemos que entender, de una vez por todas, que un salto presupuestario de calidad para la educación pública es la única forma de generar igualdad de oportunidades en esta sociedad, que día a día avanza atropelladamente hacia una ficticia meritocracia, en la que los medios de comunicación juegan un rol fundamental de cristalización de ideas e identidades, respaldando el “mérito” del más pudiente; insinuando que la pobreza social es una suerte de destino buscado.

El rol docente y el incentivo vocacional tienen que transformarse en política pública. Sino ¿Cómo conseguiremos que los mejores docentes quieran dar clases en los sectores más vulnerables? Ahora bien ¿Quiénes son los mejores docentes? ¿Hay una genuina vocación de enseñar o la docencia se ha transformado en una mera salida laboral de los sectores más postergados? El actual programa de incentivos y los salarios denigrantes son los detonantes que hacen que los jóvenes no quieran insertarse en un sistema que, por momentos, roza la perversidad hacia el trabajador ¿Cómo puede ser que el mínimo docente no alcance ni para pagar un alquiler?

Sin pretender hacer un análisis exhaustivo, nos gustaría aclarar que un aumento presupuestario no es la solución de fondo a los problemas que hoy enfrentamos en la educación argentina. Aunque es evidente que con las políticas actuales, lejos se está siquiera de contener la situación. Debemos plantearnos de una vez por todas qué educación queremos; es imprescindible modificar el sistema actual como un todo, y devolverle a la escuela el protagonismo en la formación de nuestros hijos. Hay que superar los problemas estructurales ¿Cómo? Modificando la organización y el clima institucional y, por sobre todas las cosas, reformulando la relación de enseñanza-aprendizaje y dando forma a los contenidos que nos definen en este tiempo y este espacio, con un fuerte énfasis en las identidades colectivas y los docentes, realzando el papel de los directivos y generando un nuevo sistema de incentivos que proyecte la vocación de enseñanza.

Los mercados deben acompañar este proceso para poder pelear contra el constante bombardeo de información y necesidades que se plantea a diario sobre la mente del educando a través de los medios de comunicación masivos. Es hora de replantear el contrato social que nos enmarca y dejar de pensar que el estudiante es un “Alumno” dándole el rol protagónico que debe tener en el sistema, el de sujeto de derecho. No nos olvidemos que ellos son los futuros políticos que debatirán la dirección del país que queremos en un futuro.

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